Hay una tentación persistente en la política colombiana: creer que el país se arregla en un atril extranjero. Que la dignidad se gana con un discurso bien medido ante la Asamblea General, un viaje de Estado o una foto con el aliado de moda. Abelardo De La Espriella ha elegido, hasta ahora, el camino contrario. Se queda. Delega la gestión internacional en un equipo diplomático. Y concentra su capital político donde la gente lo midió: en la seguridad y en la productividad.
Esa decisión no es un capricho de estilo. Es coherencia con lo que prometió. El mandato que recibió no fue el de ser el anfitrión permanente de Colombia en el mundo. Fue el de recuperar el control territorial, golpear las economías criminales y reactivar los motores que sí generan empleo: hidrocarburos, minería, agro, infraestructura, turismo e innovación. Quien pide un crecimiento del 7 por ciento no puede pasar la mitad del año en aeropuertos. Quien habla de “Patria Milagro” no puede convertir la presidencia en una gira.
La diplomacia importa. Importa mucho. Un país con frontera viva, con diáspora, con comercio que necesita mercados y con una guerra contra el narcotráfico que exige cooperación no puede improvisar su política exterior. Pero importar no significa que el presidente deba ser el único interlocutor. Significa exactamente lo contrario: que el Estado tenga un servicio exterior profesional, con instrucciones claras, con metas medibles y con autoridad para hablar en nombre del país. José Manuel Restrepo en la ONU, un canciller con mandato y embajadores en las plazas que sí pesan —Washington, Jerusalén, Madrid, Ciudad de México, Caracas— no son un adorno. Son la forma de no abandonar el mundo sin abandonar a Colombia.
Hay una diferencia práctica entre representar y gobernar. Representar es explicar. Gobernar es producir resultados que después se puedan explicar. En seguridad, el discurso de De La Espriella fue siempre frontal: llamar terroristas a quienes asesinan, secuestran, reclutan menores y extorsionan; recuperar el monopolio de la fuerza; atacar la coca, las finanzas y los cabecillas; dejar de negociar como si el crimen fuera un interlocutor político. Eso no se dirige desde un hotel en Nueva York. Se dirige desde el Palacio -o el Batallón en Bquilla-, desde el Puesto de Mando Unificado, desde la inspección a una operación y desde la exigencia diaria a ministros, generales y fiscales.
Lo mismo ocurre con la productividad. Un país no se vuelve más rico porque su presidente recorra foros. Se vuelve más rico cuando baja la extorsión en las vías, cuando un inversionista no teme que le cambien las reglas a mitad de contrato, cuando el agro puede sacar la cosecha sin pagar vacuna, cuando se simplifican trámites y cuando el Estado deja de competir con el ciudadano por cada peso. Esas no son frases de campaña. Son condiciones materiales. Y las condiciones materiales se construyen en el territorio, no en el pasillo de un organismo multilateral.
Quienes critican que el presidente “no sale” suelen confundir presencia con relevancia. Colombia ya pagó el costo de una diplomacia conversadora y una casa desordenada. Había cancilleres de relevo, embajadas abiertas por simpatía ideológica y un relato internacional que no coincidía con lo que ocurría en las veredas. El giro actual —cerrar misiones que no rinden, romper con tiranías, alinear la política exterior con democracias que combaten el crimen y dejar la vocería global en un equipo— no es aislamiento. Es especialización. El presidente no tiene que estar en todos los escenarios. Tiene que estar en el escenario que determina si el resto de la política sirve para algo.
Hay, además, una razón democrática. El voto de 2026 no premió a un estadista itinerante. Premió a alguien que prometió resultados visibles en 90 días y en cuatro años: menos violencia, menos coca, más crecimiento, menos Estado improductivo. Esa promesa se cobra aquí. El campesino de Huila, el comerciante de Cali, el transportador de la costa y la madre que espera que su hijo vuelva a casa no evalúan al gobierno por el aplauso en un recinto internacional. Lo evalúan por si el Estado volvió a mandar donde antes mandaba el fusil.
Delegar la diplomacia no es restarle importancia al mundo. Es reconocer una jerarquía. Primero se ordena la casa. Luego se invita a invertir en ella. Un país inseguro y estancado puede tener la mejor oratoria y seguirá siendo un mal socio. Un país que recupera territorio, que persigue el capital criminal y que vuelve a producir tiene con qué sentarse a la mesa. La credibilidad externa no se improvisa: se gana cuando el mundo ve que Colombia otra vez cumple adentro.
Por eso está bien que Abelardo se quede. No como reclusión, sino como método. Que el equipo diplomático hable con el mundo en el idioma de los intereses nacionales. Y que el presidente se mida por lo que ofreció medir: seguridad implacable y productividad real. Si “Patria Milagro” va a ser algo más que un eslogan, tiene que ocurrir en Colombia. El milagro, si llega, no se firma en un aeropuerto. Se construye en el país que eligió no seguir esperando.
Opinión
Presidente De la Espriella se queda en casa
Fiel a su promesa de campaña, Abelardo delega la representación internacional.