Análisis político de derecha desde Bquilla.
Seguridad

¿Qué significa la llegada de Melamed?

Se va Turbay. El Charismo apuesta a tradición y evolución.

El nombramiento de Janiel Melamed como jefe de la Oficina de Seguridad y Convivencia del Distrito no es un recambio administrativo más. Por eso ha llamado la atención. No llega del comité de un partido ni de la nómina habitual de la maquinaria. Llega de Uninorte, del Observatorio de Seguridad, de una hoja de vida hecha de investigación, geopolítica y datos sobre homicidio, criminalidad y amenaza. Cuando Álex Char lo recluta para la gestión distrital, está diciendo algo: que no está congelado en 2008 y que no le tiene pánico al diálogo con quien piensa distinto, siempre que sepa del oficio.

Esa lectura importa de cara a 2027. Todo indica que Ana María Aljure será la carta para suceder el ciclo de Char: gerente de ciudad, filtro del gabinete, presencia en barrios y en foros, continuidad con cara nueva. Una candidatura así puede pecar de continuidad sin oxígeno. O puede hacer lo contrario: preservar la máquina —votos, gestión, relato de ciudad que avanza— y abrirla a perfiles que no nacieron en la sede política. Melamed encaja en esa segunda hipótesis. No es un “independiente de adorno”. Es un técnico con criterio público al que se le entrega un frente sensible, no un cargo de relatoría. Quien incluye a alguien así no está pidiendo un aval académico para la foto. Está admitiendo que la seguridad de Barranquilla ya no se improvisa con el instinto del operador.

La fórmula no es nueva en abstracto, pero sí es urgente en esta ciudad. Barranquilla se vendió al país como sinónimo de progreso: malecón, eventos, obras, una administración que se mide por entrega y no por consigna. Ese legado se defiende mal si se cierra sobre sí mismo. Se defiende mejor si una gestora competente —Aljure— convive con una estructura tradicional capaz de ganar, y esa estructura acepta absorber actores que traen método. Técnicos y políticos no son enemigos naturales. Lo son solo cuando la política desprecia el saber o cuando el técnico desprecia el territorio. El movimiento reciente apunta a lo primero que una ciudad en disputa necesita: maquinaria que no se avergüence de serlo, y expertise que no se quede en el campus.

Hay, además, un cálculo de época. El petrismo —con su vocación de convertir cada ciudad en trinchera ideológica— acecha el Caribe y ya midió fuerzas en 2026. En Barranquilla, dejarle asomo sería entregar el relato de progreso a quienes durante años trataron la gestión local como sospecha. Cerrar esa puerta no se logra solo con más de lo mismo. Se logra renovando sin disolver la casa: una candidata que ya administra y le obedecen, un equipo que no le tema a incluir a quien estudia el problema, y un proyecto que protege el legado para hacerlo evolucionar. Si Melamed funciona, el mensaje quedará escrito en la calle, no en un comunicado.