Análisis político de derecha desde Bquilla.
Barranquilla

El cuarto de hora de la Arenosa

El barranquillero nace donde quiere.

Barranquilla liderada por Alex Char ya venía ocupando un espacio importante en el imaginario colombiano. Se había consolidado como ciudad intermedia. Y lo hace con esa mezcla de desparpajo, memoria portuaria y sentido de oportunidad que siempre la ha distinguido de las capitales que se creen eternas. En este septiembre de 2026, cuando el sol todavía pega como si el Magdalena no hubiera aprendido a enfriar la tierra, la ciudad vive su cuarto de hora. No el del carnaval, sino el de la política nacional e internacional. Un protagonismo que antes le llegaba filtrado, tardío y con acento andino.

El presidente de la República no nació aquí. Abelardo de la Espriella vino al mundo en Bogotá, se crió en Monteria, y llegó a Barranquilla como tantos otros: a trabajar, a echar raíces, a entender que esta ciudad no exige partida de bautismo sino disposición de ánimo. Tiene residencia, bufete y, ahora, despacho presidencial en la capital del Atlántico. Desde el Batallón Paraíso y los recintos que el Gobierno ha habilitado como sede alterna, recibe cancilleres, secretarios de Estado y jefes de Gobierno. El martes pasado, Laura Fernández, presidenta de Costa Rica, cruzó el umbral de esa casa presidencial improvisada y, al mismo tiempo, ya no tanto. Días antes había estado Marco Rubio. La ciudad que un siglo atrás se llamó a sí misma Puerta de Oro vuelve a funcionar, literalmente, como umbral.

Esto no es un capricho de campaña ni un gesto folclórico. Es una decisión de Estado que, con todas las reservas que merece cualquier traslado de poder, altera el mapa simbólico del país. Bogotá sigue siendo la capital; nadie lo discute. Pero el poder ejecutivo ha empezado a despachar, a reunirse y a exhibirse desde el Caribe. Los consejos de ministros, las delegaciones extranjeras y la agenda de seguridad ya no tienen como único horizonte la Casa de Nariño. Tienen también el río, el calor y esa costumbre barranquillera de resolver en la terraza lo que en otras latitudes se resuelve en el despacho cerrado.

Quien conozca un poco de lo público sabe que las sedes no son neutras. El lugar desde el que se gobierna termina gobernando, aunque sea un poco, al gobernante. De la Espriella no es barranquillero de cuna. Lo es, sin embargo, de adopción y de cálculo. Celebró su victoria estrecha aquí, la ciudad convertida en tribuna. Prometió descentralizar no solo el discurso, sino la geografía del mando. Y ha cumplido lo suficiente como para que la frase popular recobre vigencia: el barranquillero nace en cualquier lugar.

Esa sentencia, que circula entre taxistas, comerciantes del centro y familias de barrio como una verdad de sentido común, no es un eslogan turístico. Es una tesis antropológica disfrazada de ocurrencia. Barranquilla se hizo con gente que llegó. Árabes, italianos, judíos, costeños de otros pueblos, andinos que se quedaron. Por eso el gentilicio aquí es menos un dato de registro civil que una forma de estar en el mundo: hablar fuerte, reírse de uno mismo, no pedirle permiso al interior para existir. El presidente, cordobés de origen y currambero de oficio político, encaja en esa genealogía sin forzarla.

Hay, claro, tensiones. En las urnas de junio, Barranquilla no le entregó la mayoría. El voto urbano se inclinó hacia Cepeda. El triunfo nacional se construyó en otras geografías. Eso no invalida el vínculo; lo vuelve más interesante. El poder no siempre coincide con el afecto electoral inmediato. A veces coincide con la conveniencia, con la logística, con el relato que un gobernante necesita para diferenciarse del centralismo que denuncia. De la Espriella ha elegido el Caribe como escenario de su interacción con el poder. Barranquilla, que lleva décadas reclamando no ser provincia, ha aceptado el papel con la naturalidad de quien sabe que los cuartos de hora no se desperdician.

La crónica política, cuando se escribe con honestidad, no debe confundir el momento con el milagro. Una sede alterna no resuelve el desempleo, ni el servicio de energía, ni la seguridad de los barrios que el río deja a un lado. Tampoco borra las contradicciones de un gobierno que promete orden y enfrenta las mismas estructuras criminales que todos los anteriores. Pero el gesto existe, es visible y tiene consecuencias. Los aviones ya no aterrizan solo en El Dorado cuando el presidente recibe a un homólogo. El protocolo se desplaza. La fotografía oficial incluye palmeras, humedad y esa luz blanca que aquí no pide disculpas.

Así se escribe, a veces, la historia menor de las ciudades: no con decretos eternos, sino con la reiteración de un presidente que, sin haber nacido en la Arenosa, despacha como si la hubiera entendido. El barranquillero, en efecto, nace en cualquier lugar. Lo que no nace en cualquier lugar es la ocasión. Y esta, por ahora, es de Barranquilla.

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